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Escudo de la República de Colombia

Así lo aseguró, al referirse al aporte nutricional de las semillas transgénicas, la investigadora española, María Dolores Raigón Jiménez, profesora de la Universidad Politécnica de Valencia, en su visita a la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira.

Para la investigadora Raigón, experta en producción ecológica y en calidad de alimentos, es necesario que la sociedad comprenda que no existen los llamados “superalimentos” en ninguna parte del mundo. Lo que realmente existe “es una combinación de alimentos que conforman nuestra dieta, que debe integrar alimentos limpios, naturales, que aporten la energía y los nutrientes suficientes, y no sean causantes de enfermedades”.

Para la investigadora española, la modificación genética de las semillas está lejos de lograr abastecer de alimentos a la población mundial.

Hay estudios que hablan de cómo, al introducir genes de una especie en otra completamente diferente, se pueden generar reacciones alérgicas en el consumidor. La evidencia científica indica que los elementos empleados para unir el material genético modificado pueden estar originando tales perjuicios, asegura la profesora.

Sostiene que, desde el punto de vista económico, el mercado europeo le da prioridad a algunos de los productos de países como Colombia, debido a que aún no han sido intervenidos por modificaciones genéticas o el exceso de agroquímicos. “¿A quién se le ocurre que el café colombiano tendría el mismo recibimiento en Europa si se realizara con semillas transgénicas? Colombia no necesita usar esa tecnología para tener el mejor café del mundo”, argumenta.

Soberanía, biodiversidad y cultura

La postura de la profesora María Dolores Raigón es compartida por la profesora Marina Sánchez De Prager de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la U.N. Sede Palmira. “La promoción de las semillas transgénicas patentadas alejaría a Colombia de un modelo de soberanía alimentaria, al llevarnos a comprar de empresas extranjeras las semillas que podríamos estar generando aquí. Además, afecta nuestra biodiversidad”, afirma.

La introducción de semillas transgénicas patentadas en respuesta a fenómenos como el cambio climático, las plagas, o a dinámicas como la aspersión con glifosato conduce a modelos de monocultivo, aseguran las docentes. Así, en territorios donde antes había una gran biodiversidad de plantas nativas, ahora se evidencia un enorme predominio de cultivos de semillas modificadas genéticamente. Un ejemplo de esto, explican, está en los cultivos de soja en Argentina, que ahora ocupan cerca del 60 % de la superficie sembrada, de acuerdo con el Centro de Economía Política Argentina.

Carlos Pino, director del Centro de Investigación y Desarrollo de Agroecología de Chile, asegura que con la pérdida de las variedades de cultivos nativos se pierden también las expresiones culturales y los conocimientos ancestrales ligados a estas.

“Nos dicen que los alimentos provenientes de semillas transgénicas son más baratos y más fáciles de producir. Promueven que en Chile, Brasil, o Colombia tengamos ese tipo de alimentos, cuando podríamos tener países ricos y bien alimentados con base en el rescate de nuestras culturas”, asegura el investigador Pino, quien señala que en su país están prohibidos los cultivos transgénicos, a excepción de algunas áreas reguladas para la producción de semillas modificadas genéticamente, utilizadas solo para exportación.

Agroecología como respuesta

Los investigadores promueven la agroecología como ciencia interdisciplinaria para integrar conocimientos provenientes de, entre otras, la ecología, la biología, la antropología y la sociología, buscando rescatar y valorar las prácticas realizadas por nuestros agricultores.

Según afirman, la investigación y la observación desde instituciones como la U.N. Sede Palmira permiten hallar los fundamentos teóricos de situaciones como, por ejemplo, la siembra de cilantro junto a cultivos de tomate para el control biológico contra las plagas aéreas.

“Cuando se siembran sistemas biodiversos, con flores, por citar un caso, se brinda refugio, néctar y polen a enemigos naturales de las plagas,

generando un equilibrio en el cultivo. Así, la agroecología nos evita el uso de semillas transgénicas o la aplicación, en muchos de los casos, de agroquímicos y fertilizantes”, sostiene la profesora Sánchez.

Tanto ella como los investigadores Raigón y Pino piden una mayor inversión en sus países para la investigación en agroecología. “Algunos quieren ridiculizar un modelo científico basado en la observación de la naturaleza. Nosotros hemos evidenciado que el agricultor puede ser el primer científico a nivel de campo para empezar a resolver problemas técnicos. De esta manera podemos llegar a una tecnología en función no de una empresa, sino del agricultor”, expresa Raigón.

Los investigadores internacionales participaron del seminario agroecológico “Ciencia, Encuentros y Saberes, Año 13”, organizado por la U.N. Sede de Palmira.

Tomado de Agencia de Noticias UN.