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En la Zona de Reserva Campesina de San Isidro, Pradera (Valle del Cauca), 57 familias escriben una historia de lucha y resiliencia a través de la tierra. Allí, frente a las diversas problemáticas que los han acompañado, sus habitantes han encontrado una forma de resistencia en el cuidado de sus recursos naturales y la protección de la biodiversidad que les rodea.

Las fincas con manejo agroecológico tienden a la soberanía, a la seguridad alimentaria de la población campesina, a ser resilientes, autónomas y conservacionistas, además de contar con mayor diversidad y abundancia de especies, lo que proporciona un equilibro en la calidad del suelo.

En unidades productivas de Guacarí (Valle del Cauca), que presentan diversidad vegetal, se encontró hasta un 189 % más de hongos micorrízicos arbusculares, los cuales se encargan de llevar fósforo a las plantas.

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“Los hongos arbusculares actúan como un puente que permite tomar, absorber y transportar fósforo hasta las raíces de las plantas, aún en condiciones de estrés o déficit de este nutriente. Por ello representan un indicador biológico de la calidad del suelo”, explica Andrés Felipe Vergara Gómez, candidato a doctor en Agroecología de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira.

En cuanto a la diversidad, en las fincas agroecológicas se identificaron hasta 15 especies más de este tipo de hongos, que se establecen en las raíces de las plantas cultivadas y configuran relaciones de simbiosis–mutuo beneficio.

La investigación, desarrollada en colaboración con la Asociación Santarrosana de Productores Agropecuarios Ecológicos de Guacarí Valle del Cauca (Aspraec), se realizó en el corregimiento de Santa Rosa de Tapias, donde algunas fincas producen café a través de manejos convencionales, otras con prácticas agroecológicas y otras están en transición entre los dos sistemas.

Según explica el investigador, el trabajo de labranza intensiva –alta disturbación del suelo– y el retiro de coberturas vegetales inhiben el establecimiento de los hongos. Además, otro factor determinante para reducir la presencia y variedad de estos organismos es el uso de fertilizantes y plaguicidas de síntesis química industrial.

“Encontramos mayor abundancia de hongos en los lugares donde se trabajó con una amplia riqueza vegetal como práctica de sostenibilidad y aprovechamiento de recursos propios del sistema”, destaca el investigador.

En el mundo la demanda de fósforo para fertilizantes crece a medida que aumenta la necesidad de productos agrícolas como alimentos y combustibles. Una de las principales fuentes de este nutriente se encuentra en las rocas fosfóricas, que suponen un recurso no renovable.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), es necesario incrementar la eficiencia en el uso del nitrógeno y el fósforo a través de las plantas.

Raíces sociales

Durante la investigación se buscó identificar cómo inciden las prácticas arraigadas socioculturalmente en el manejo en los agroecosistemas del corregimiento. Con ese fin, se realizaron diálogos, visitas, entrevistas semiestructuradas, recorridos, encuestas y metodologías de cartografía social con cerca de 10 familias productoras; la muestra que se delimitó a seis, que resultaban representativas por sus prácticas de producción de café.

La comunidad se dividió en tres grupos principales: los oriundos de la zona, los académicos que llegaron a vivir allí buscando un estilo de vida más amigable con el ambiente, y las personas de los cabildos indígenas provenientes de Cauca.

Un rasgo recurrente en gran parte el corregimiento fue la convicción de sus habitantes en las prácticas tradicionales de producción, tales como la observación de las fases lunares para la siembra, la labranza manual y las mingas, un sistema colaborativo en el que la comunidad trabaja de una finca a otra para optimizar las labores agrícolas.

Tal vocación, y la conciencia sobre la sostenibilidad ambiental, habían permitido que un grupo de productores del corregimiento hiciera un ejercicio de reflexión sobre los impactos que empezaban a manifestarse, como el uso excesivo de agroquímicos, la ganadería extensiva y la erosión.

Teniendo esto en cuenta, avanzaron hacia modelos agroecológicos que, en línea con los resultados de la investigación, muestran cambios en la biología del suelo, considerando indicadores como la presencia de hongos arbusculares.

Otra fase relevante del estudio fue la toma de muestras del suelo y la caracterización de los diferentes hongos observados en las raíces de los cultivos.

La investigación fue dirigida por los profesores Marina Sánchez de Prager y Diego Iván Ángel Sánchez, de la U.N. Sede Palmira.

Noticia tomada de Agencia de Noticias UN.

Lunes, 03 Septiembre 2018 21:36

Almidón de yuca, otra víctima del conflicto

El número de plantas procesadoras de esta materia prima para la producción de pandebonos, pandeyucas, rosquillas y pasabocas se redujo en más del 70 % desde 1995 en el departamento del Cauca.

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El cobro de vacunas y la inseguridad vial para el transporte de insumos y productos mermó significativamente la rentabilidad en municipios como Caldono, El Tambo, Santa Rosa y Santander de Quilichao.

Así lo asegura Luis Alejandro Taborda, candidato a doctor en Agroecología de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira, quien investigó los puntos críticos y los impactos ambiental, social y económico de la cadena de valor de productos derivados del almidón de yuca.

Esta actividad genera en el Cauca más de 200 empleos directos y 80 indirectos, además de trabajo para cientos de otros actores locales que secan y comercializan los residuos.

Según afirma el doctorando, mientras un estudio realizado en 1995 por el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) había identificado en el departamento 210 rallanderías –plantas procesadores de yuca–, su investigación encontró 60.

“En algunos casos los encargados de las rallanderías son las esposas o los hijos de hombres que murieron por causa de la violencia”, señala el ingeniero agroindustrial, quien consultó fuentes del Gobierno y entrevistó a 50 personas entre propietarios de rallanderías, trabajadores, agricultores, intermediarios y otras de la comunidad.

Un informe publicado por la Fundación Ideas para la Paz en abril de este año señala que en el departamento mantienen presencia las organizaciones armadas del ELN, EPL y disidencias de las FARC.

Agricultores, los más afectados

Dentro del contexto social el investigador encontró que en la cadena productiva tenían mejores condiciones los encargados de la transformación industrial de la materia prima y quienes se dedicaban a la venta en panaderías.

“La situación es más compleja para los agricultores, cuya vinculación laboral no es constante porque solo son requeridos para aplicar fertilizantes, siembra y riego, entre otras actividades que se desarrollan en periodos muy puntuales”, precisa. Además los campesinos trabajan sin garantías de seguridad social ni el porte de la indumentaria adecuada, por un sueldo de 25.000 pesos diarios en promedio.

Bajan impacto ambiental

Pese a la situación de orden público, las rallanderías que quedan han implementado mejoras tecnológicas que reducen sus impactos ambientales. En 1995 la mayoría de las empresas consumía alrededor de 50 litros para producir un kilo de almidón, mientras que ahora ese gasto llega a los 15 o 16 litros.

“Antes el lavado de la yuca se hacía con los pies; ahora se trabaja con lavadoras que funcionan con fases secas y húmedas. De igual manera se implementaron canales de sedimentación para el tratamiento y la recirculación del agua”, asegura el ingeniero.

Otra mejora implementada por las plantas fue la inyección del agua a presión para extraer el almidón, lo que permitió reducir el gasto en la etapa de colado, el punto más crítico de la cadena en cuanto al uso del recurso hídrico.

Estos cambios obedecen a una conciencia ambiental promovida a partir de las intensas sequías de los últimos años por cuenta del cambio climático, asegura. En el proceso han tenido un papel importante las organizaciones sociales que trabajan en el territorio.

En cuanto a la huella de carbono, la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero de la cadena productiva se generan por la aplicación de fertilizantes químicos en los cultivos de yuca.

Aprovechar los residuos

Para mitigar las afectaciones ambientales, el investigador propone, entre otras medidas, el uso de biodigestores en las plantas, con el objetivo de darle un mejor tratamiento al agua residual y producir energía limpia.

Así mismo plantea utilizar residuos como la cáscara de yuca –que actualmente son vertidos a los ríos– en la elaboración de sustrato para cultivar champiñones. “Este aprovechamiento del residuo ya se realiza en países asiáticos como Vietnam y Tailandia”, menciona.

Para el estudio se aplicó la metodología del análisis del ciclo de vida, formulada por la Organización de las Naciones Unidas para evaluar los diferentes impactos generados por un producto a lo largo de toda la cadena de valor. Además se aplicó la metodología de análisis de escenarios para contrastar la situación vigente, la que tenía lugar en 1995 y las medidas necesarias para un futuro más sostenible.

“La investigación permite actualizar el número de rallanderías existentes y su situación; además se aporta un insumo para los planes de desarrollo que emprenda el Gobierno en el Cauca”, asegura el ingeniero.

Noticia tomada de Agencia de Noticias UN.

La concertación en comunidad de zonas de conservación natural y modificaciones al modelo productivo en las veredas Bellavista y Los Sainos permitieron los avances.

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Desde hace 30 años los habitantes de esta zona vallecaucana trabajan en un proceso de integración política, económica y social gracias al cual 75 familias de las dos veredas cuentan hoy con suministro de agua.

Adriana María Giraldo, estudiante de la Maestría en Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.) Sede Palmira, explica que “en las fincas delimitamos las zonas productivas y otras de conservación. En algunas llegamos a establecer hasta 60 m de franja de protección alrededor de la quebrada Los Sainos, principal fuente hídrica con la que contamos”.

La estudiante, quien además es habitante de Bellavista, agrega que las áreas de conservación completan 40 hectáreas de territorio en la zona.

Menciona que a inicios de la década de los ochenta las veredas tenían problemas de escasez de agua y se presentaban problemas de convivencia entre los vecinos, que competían por el uso del recurso.

Los cultivos de pancoger habían sido reemplazados por monocultivos de frutales, como parte de una búsqueda de rentabilidad económica de los agricultores. Sin embargo esta dinámica trajo consigo la tala de árboles en la zona de ronda de la quebrada y su contaminación con agroquímicos, reduciendo la disponibilidad de agua.

Con el pasar de los años, el cultivo de frutales no trajo mayores réditos a los agricultores y ello dio entrada a la ganadería como actividad productiva, lo cual intensificó la demanda del recurso hídrico, y más aún de alimentos. Por ello, a partir de 1986 empezaron a buscar soluciones desde el reconocimiento del territorio y el potencial de su población.

“Promovemos sistemas de cultivos diversos en las fincas como respuesta a las demandas de las familias y para mantener un equilibrio en los agroecosistemas. Hoy en día buscamos regresar a los cultivos de pancoger en huertas para la seguridad alimentaria y con semillas criollas libres de transgénicos”, destaca la investigadora.

La estudiante Giraldo es una de las líderes de las tres organizaciones campesinas que trabajan en la reforestación de la zona de ronda de la quebrada, en la gestión del acueducto veredal y en la recolección de recursos para el pago del predial de las áreas de conservación, evitando así que estas sean ocupadas.

Este proceso, junto con otros similares en Colombia, Chile y Brasil, fue abordado durante el Seminario Agroecológico Ciencia, Encuentros y Saberes, Año 13, realizado en la Sede Palmira de la U.N.

Organización, saberes y semillas

Miguel Ángel Altieri, profesor emérito de la Universidad de California e invitado al evento, asegura que dentro de los factores comunes en los casos exitosos de implementación del modelo agroecológico se encuentran el liderazgo de organizaciones sociales, la articulación de saberes ancestrales con los científicos y la incorporación de semillas criollas.

“El 80 % de la tierra arable en el mundo está dominada por sistemas de monocultivo, los cuales son propios de la agricultura convencional y son más vulnerables al cambio climático y a las plagas”, advierte el profesor.

Señala que la agroecología es una ciencia que da las bases teóricas y metodológicas para abordar esta problemática y para modificar el sistema alimentario de manera que la comida de calidad también llegue a las personas pobres.

Agrega que en los últimos años miles de agricultores están acogiendo este modelo alternativo, a pesar de que no existan políticas agrarias, mercados, ni la promoción de la investigación en torno al tema.

Durante el seminario, organizado por el grupo de investigación en Agroecología de la U.N. Sede Palmira, las profesoras Valéria Silva y Cristina Xavier Luz, de la Universidad Federal de Piauí, en Brasil, expusieron los avances del programa Semillas de Cultura. Desde programas como el doctorado en Trabajo Social y el posgrado en Sociología, esta universidad trabaja con 10 comunidades de la ciudad de Teresina, o cercanas a esta, en el establecimiento de cultivos sostenibles con el medioambiente, la apertura de canales de comercialización de alimentos, el empoderamiento de mujeres campesinas y la visibilización de expresiones culturales locales.

Noticia tomada de Agencia de Noticias UN.

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